Iba a decir que suponía que podía quedarme en la casa hasta encontrar otro techo donde cobijarme, pero me callé, presintiendo que mi voz no aguantaría una frase tan larga sin quebrarse.
- Espero ser un hombre casado en el plazo de un mes-prosiguió el señor Rochester-, y en el ínterin me ocuparé de buscarle casa y empleo.
- Gracias, señor. Lamento darle...
- ¡No tiene de qué disculparse! Creo firmemente que alguien que ha cumplido con su trabajo tan bien como lo ha hecho usted tiene derecho a pedir al señor que use toda la influencia que posee en su beneficio. En realidad, mi futura suegra me sugirió un lugar que creo que podrá ajustarse a lo que busca: se trata de la educación de las cinco hijas de la señora de Dionysius O'Gall, de Bitternut Lodge, en Connaught, Irlanda. Creo que Irlanda le gustará. Dicen que sus habitantes son gente muy hospitalaria.
- Está muy lejos, señor.
- Eso no es ningún problema: una joven tan sensata no puede albergar ningún temor a un simple viaje.
- No al viaje, pero sí a la distancia. Y, además, en medio está la barrera del mar...
- ¿De qué le separa esa barrera, Jane?
- De Inglaterra, de Thornfield. Y...
- ¿Si?
- De usted, señor.
Lo dije casi sin querer y, de forma involuntaria, también las lágrimas traicionaron mi voluntad. Por suerte, era un llanto quedo, libre de sollozos. La idea de una señora O'Gall de Bitternut Lodge me heló el corazón, pero más me lo helaba la corriente de acontecimientos conjurados para separarme del señor, a cuyo lado paseaba ahora, y más aún el recuerdo de la inmensidad del océano:la riqueza, la clase social y la costumbre se aliaban en contra de mí y de aquel hombre, alzando entre los dos un muro sólido e inexpugnable.
- Está muy lejos- repetí.
- Sí, lo está. Tiene usted razón: cuando se aloje usted en Bitternut Lodge, no volveremos a vernos, Jane. Eso no puedo negarlo. Nunca voy a Irlanda; es un país que no despierta en mí ninguna atracción. Y nos hemos hecho buenos amigos, ¿verdad?
- Sí, señor.
- Y cuando los amigos están al borde de la separación, gustan de pasar muy cerca el poco tiempo que les queda. Venga: hablaremos del viaje y de la despedida con calma, durante una media hora, mientras las estrellas se abren a la vida y comienza a alumbrar el firmamento. Aquí está el castaño de Indias, y el banco situado sobre sus viejas raíces. Sentémonos en paz esta noche aunque sepamos que esta escena no va a repetirse, que nunca volveremos a sentarnos juntos.
Tomó asiento y me ayudó a hacerlo.
- Hay un largo camino hasta Irlanda, querida Jane, y lamento enviar a mi joven amiga a un viaje tan agotador, pero si no se me ocurre nada mejor, ¿cómo puedo evitarlo?¿Siente usted que nos une algún lazo, Jane?
En ese momento no pude arriesgarme a responder: tenía el corazón a punto de desbordarse.
- Le pregunto- continuó- porque a veces tengo una sensación extraña respecto a usted, especialmente cuando está cerca de mí como ahora: es como si hubiera una cuerda debajo de mis costillas que me uniera de forma ineludible con otra que su cuerpecillo tiene en ese mismo lugar. Y si quedamos separados por un tortuoso canal y miles de kilómetros de océano, temo que esa cuerda se rompa y presiento que, cuando esto suceda, el desgarrón me hará sangrar por dentro...Usted, usted me olvidará.
- Eso nunca, señor. Sabe que...- Era incapaz de seguir hablando.
Ya no pude soportarlo más. Me abandoné a un llanto convulso, rendida por todas aquellas emociones que me sacudían de la cabeza a los pies. Cuando logré articular palabra, fue solo para expresar el impetuoso deseo de no haber nacido jamás, de no haber pisado nunca Thornfield.
- ¿Tanto siente irse?
- Lamento dejar Thornfield. Amo este lugar. Lo amo porque he vivido en él una vida deliciosa y plena, aunque haya sido por poco tiempo. Nadie me ha impuesto nada. Nadie me ha asustado. No me han asaltado sentimientos de inferioridad ni he sido excluida de la proximidad de todo lo que es brillante, hermoso, fuerte y elevado. He hablado con plena libertad, cara a cara, con alguien a quien admiro y con quien me divierto...con una mente original e ingeniosa. Le he conocido a usted, señor Rochester. Y la idea de separarme de usted para siempre me llena de terror y de angustia. Quiero creer que mi partida es tan necesaria como inevitable es la muerte.
- ¿Dónde radica esa necesidad?- inquirió de repente.
- ¿Dónde? Ha sido usted, señor, quien la ha puesto ante mis ojos.
- ¿Cuándo?
- Cuando me habló de la señorita Ingram, una hermosa mujer de buena cuna, su esposa.
- ¿Qué esposa? ¡Yo no estoy casado!.
- Pero se propone tenerla...
- Sí, me lo propongo... -masculló.
- De modo que debo irme. Usted lo ha dicho.
- No: usted se quedará. Se lo juro y cumpliré el juramento.
- ¡Y yo le digo que me iré! -exclamé con vehemencia-. ¿Piensa que me es posible vivir a su lado sin ser nada para usted? ¿Cree que soy una autómata, una máquina sin sentimientos humanos? ¿Piensa que porque soy pobre y oscura carezco de alma y de corazón? ¡Se equivoca! ¡Tengo tanto corazón y tanta alma como usted! Y si Dios me hubiese dado belleza y riquezas, le sería a usted tan amargo separarse de mí como lo es a mí separarme de usted. Le hablo prescindiendo de convencionalismos, como si estuviésemos más allá de la tumba, ante Dios, y nos hallásemos en un plano de igualdad, ya que en espíritu lo somos.
- ¡Lo somos! -repitió Rochester.
Y tomándome en sus brazos me oprimió contra su pecho y unió sus labios a los míos-. ¡Sí, Jane!
- O tal vez no -repuse, tratando de soltarme-, porque usted va a casarse con una mujer con quien no simpatiza, a quien no puedo creer que ame. Yo rechazaría una unión así. Luego yo soy mejor que usted. ¡Déjeme marchar!
- ¿Adónde, Jane? ¡A Irlanda!
- Sí, a Irlanda. Lo he pensado bien y ahora creo que debo irme.
- Quédese, Jane. No luche consigo misma como un ave que, en su desesperación, despedaza su propio plumaje.
- No soy un ave, sino un ser humano con voluntad personal, que ejercitaré alejándome de usted.
Haciendo un esfuerzo, logré soltarme y permanecí en pie ante él.
- También su voluntad va a decidir de su destino -repuso-. Le ofrezco mi mano, mi corazón y cuanto poseo.
- Se burla usted, pero yo me río de su oferta.
- La pido, que viva siempre a mi lado, que sea mi mujer.
- Respecto a eso, ya tiene usted hecha su elección.
- Espere un poco, Jane. Está usted muy excitada.
Una ráfaga de viento recorrió el sendero bordeado de laureles, agitó las ramas del castaño y se extinguió a lo lejos. No se percibía otro ruido que el canto del ruiseñor. Al oírlo, volví a llorar. Rochester, sentado, me contemplaba en silencio, con serenidad, grave y amablemente. Cuando habló al fin, dijo:
- Siéntese a mi lado, Jane, y expliquémonos.
- No volveré más a su lado.
- Jane, ¿no oye que deseo hacerla mi mujer? Es con usted con quien quiero casarme.
Callé, suponiendo que se burlaba.
- Venga, Jane.
- No. Su novia nos separa.
Se puso en pie y me alcanzó de un salto.
- Mi novia está aquí -dijo, atrayéndome hacia sí-: es mi igual y me gusta. ¿Quiere casarse conmigo, Jane?
No le contesté; luchaba para librarme de él. No le creía.
- ¿Duda de mí, Jane?
- En absoluto.
- ¿No tiene fe en mí?
- Ni una gota.
- Entonces, ¿me considera usted un bellaco? -dijo con vehemencia-. Usted se convencerá, incrédula. ¿Acaso amo a Blanche Ingram? No, y usted lo sabe. ¿Acaso me ama ella a mí? No, y me he preocupado de comprobarlo. He hecho llegar hasta ella el rumor de que mi fortuna no era ni la tercera parte de lo que se suponía, y luego me he presentado a Blanche y a su madre. Las dos me han acogido con frialdad. No puedo, ni debo, casarme con Blanche Ingram. A usted, tan rara, tan insignificante, tan vulgar, es a quien quiero como a mi propia carne, y a quien ruego que me acepte por esposo.
- ¿A mí? -exclamé, empezando a creerle, en vista de su apasionamiento y, sobre todo, de su ruda franqueza-. ¡A mí, que no tengo en el mundo otro amigo que usted, si es que usted se considera amigo mío, y que no poseo un chelín, no siendo los que usted me paga!
- A usted, Jane. Quiero que sea mía, únicamente mía. ¿Acepta? ¡Diga inmediatamente que sí!
- Señor Rochester, déjeme mirarle la cara. Vuélvase de modo que le ilumine la luna.
- ¿Para qué?
- Porque quiero leer en su rostro.
- Bien; ya está. Creo que mi rostro no le va a parecer más legible que una hoja tachada, pero en fin, lea lo que quiera, con tal de que sea pronto.
Su faz estaba muy agitada. Tenía las facciones contraídas y una extraña luz brillaba en sus ojos.
- ¡Me tortura usted, Jane! -exclamó-. Por muy franca y bondadosa que sea su mirada, me escudriña de un modo...
- ¿Cómo voy a torturarle? Si dice usted la verdad y su oferta es sincera, mis sentimientos no pueden ser otros que los de una gratitud infinita. ¿Cómo voy a torturarle con ella?
- ¿Gratitud? Jane -ordenó, perentoriamente-, dígame así: «Edward, quiero casarme contigo.»
- ¿Es posible que me quiera usted de verdad? ¿Qué se propone hacerme su mujer?