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domingo, 8 de julio de 2012

Correr hacia él

Todo lo bueno, auténtico y fuerte que poseo siente el impulso de correr hacia él. Sé que debo reprimir estos sentimientos: debo renunciar a la esperanza, debo recordar que él no puede estar por mí. Puesto que, cuando afirmo que soy igual a él, no quiero decir que comparta el influjo que él posee ni su capacidad de seducción. Lo único que eso significa es que tenemos ciertos gustos y sentimientos comunes. Debo, pues, repetirme hasta la saciedad que nunca estaremos juntos... Y reconocer que, mientras sea capaz de pensar y de respirar, no dejaré de amarle. 
#Charlotte Brontë "Jane Eyre"


lunes, 12 de marzo de 2012

Malentendidos con buen final....

   Iba a decir que suponía que podía quedarme en la casa hasta encontrar otro techo donde cobijarme, pero me callé, presintiendo que mi voz no aguantaría una frase tan larga sin quebrarse.
   - Espero ser un hombre casado en el plazo de un mes-prosiguió el señor Rochester-, y en el ínterin me ocuparé de buscarle casa y empleo.
    - Gracias, señor. Lamento darle...
   - ¡No tiene de qué disculparse! Creo firmemente que alguien que ha cumplido con su trabajo tan bien como lo ha hecho usted tiene derecho a pedir al señor que use toda la influencia que posee en su beneficio. En realidad, mi futura suegra me sugirió un lugar que creo que podrá ajustarse a lo que busca: se trata de la educación de las cinco hijas de la señora de Dionysius O'Gall, de Bitternut Lodge, en Connaught, Irlanda. Creo que Irlanda le gustará. Dicen que sus habitantes son gente muy hospitalaria.
   - Está muy lejos, señor.
  - Eso no es ningún problema: una joven tan sensata no puede albergar ningún temor a un simple viaje.
   - No al viaje, pero sí a la distancia. Y, además, en medio está la barrera del mar...
   - ¿De qué le separa esa barrera, Jane?
   - De Inglaterra, de Thornfield. Y...
   - ¿Si?
   - De usted, señor.
Lo dije casi sin querer y, de forma involuntaria, también las lágrimas traicionaron mi voluntad. Por suerte, era un llanto quedo, libre de sollozos. La idea de una señora O'Gall de Bitternut Lodge me heló el corazón, pero más me lo helaba la corriente de acontecimientos conjurados para separarme del señor, a cuyo lado paseaba ahora, y más aún el recuerdo de la inmensidad del océano:la riqueza, la clase social y la costumbre se aliaban en contra de mí y de aquel hombre, alzando entre los dos un muro sólido e inexpugnable.
   - Está muy lejos- repetí.
   - Sí, lo está. Tiene usted razón: cuando se aloje usted en Bitternut Lodge, no volveremos a vernos, Jane. Eso no puedo negarlo. Nunca voy a Irlanda; es un país que no despierta en mí ninguna atracción. Y nos hemos hecho buenos amigos, ¿verdad?
   - Sí, señor.
   - Y cuando los amigos están al borde de la separación, gustan de pasar muy cerca el poco tiempo que les queda. Venga: hablaremos del viaje y de la despedida con calma, durante una media hora, mientras las estrellas se abren a la vida y comienza a alumbrar el firmamento. Aquí está el castaño de Indias, y el banco situado sobre sus viejas raíces. Sentémonos en paz esta noche aunque sepamos que esta escena no va a repetirse, que nunca volveremos a sentarnos juntos.
   Tomó asiento y me ayudó a hacerlo.
   - Hay un largo camino hasta Irlanda, querida Jane, y lamento enviar a mi joven amiga a un viaje tan agotador, pero si no se me ocurre nada mejor, ¿cómo puedo evitarlo?¿Siente usted que nos une algún lazo, Jane?
    En ese momento no pude arriesgarme a responder: tenía el corazón a punto de desbordarse.
    - Le pregunto- continuó- porque a veces tengo una sensación extraña respecto a usted, especialmente cuando está cerca de mí como ahora: es como si hubiera una cuerda debajo de mis costillas que me uniera de forma ineludible con otra que su cuerpecillo tiene en ese mismo lugar. Y si quedamos separados por un tortuoso canal y miles de kilómetros de océano, temo que esa cuerda se rompa y presiento que, cuando esto suceda, el desgarrón me hará sangrar por dentro...Usted, usted me olvidará.
   - Eso nunca, señor. Sabe que...- Era incapaz de seguir hablando.
   Ya no pude soportarlo más. Me abandoné a un llanto convulso, rendida por todas aquellas emociones que me sacudían de la cabeza a los pies. Cuando logré articular palabra, fue solo para expresar el impetuoso deseo de no haber nacido jamás, de no haber pisado nunca Thornfield.
   - ¿Tanto siente irse?
   - Lamento dejar Thornfield. Amo este lugar. Lo amo porque he vivido en él una vida deliciosa y plena, aunque haya sido por poco tiempo. Nadie me ha impuesto nada. Nadie me ha asustado. No me han asaltado sentimientos de inferioridad ni he sido excluida de la proximidad de todo lo que es brillante, hermoso, fuerte y elevado. He hablado con plena libertad, cara a cara, con alguien a quien admiro y con quien me divierto...con una mente original e ingeniosa. Le he conocido a usted, señor Rochester. Y la idea de separarme de usted para siempre me llena de terror y de angustia. Quiero creer que mi partida es tan necesaria como inevitable es la muerte.
  - ¿Dónde radica esa necesidad?- inquirió de repente.
  - ¿Dónde? Ha sido usted, señor, quien la ha puesto ante mis ojos.
  - ¿Cuándo?
  - Cuando me habló de la señorita Ingram, una hermosa mujer de buena cuna, su esposa.
  - ¿Qué esposa? ¡Yo no estoy casado!. 
  - Pero se propone tenerla...
  - Sí, me lo propongo... -masculló.
  - De modo que debo irme. Usted lo ha dicho.  
  - No: usted se quedará. Se lo juro y cumpliré el juramento.


  - ¡Y yo le digo que me iré! -exclamé con vehemencia-. ¿Piensa que me es posible vivir a su lado sin ser nada para usted? ¿Cree que soy una autómata, una máquina sin sentimientos humanos? ¿Piensa que porque soy pobre y oscura carezco de alma y de corazón? ¡Se equivoca! ¡Tengo tanto corazón y tanta alma como usted! Y si Dios me hubiese dado belleza y riquezas, le sería a usted tan amargo separarse de mí como lo es a mí separarme de usted. Le hablo prescindiendo de convencionalismos, como si estuviésemos más allá de la tumba, ante Dios, y nos hallásemos en un plano de igualdad, ya que en espíritu lo somos.
  - ¡Lo somos! -repitió Rochester
   Y tomándome en sus brazos me oprimió contra su pecho y unió sus labios a los míos-. ¡Sí, Jane!
  - O tal vez no -repuse, tratando de soltarme-, porque usted va a casarse con una mujer con quien no simpatiza, a quien no puedo creer que ame. Yo rechazaría una unión así. Luego yo soy mejor que usted. ¡Déjeme marchar!
  - ¿Adónde, Jane? ¡A Irlanda!
  - Sí, a Irlanda. Lo he pensado bien y ahora creo que debo irme.
 - Quédese, Jane. No luche consigo misma como un ave que, en su desesperación, despedaza su propio plumaje.
  - No soy un ave, sino un ser humano con voluntad personal, que ejercitaré alejándome de usted. 
  Haciendo un esfuerzo, logré soltarme y permanecí en pie ante él.
  - También su voluntad va a decidir de su destino -repuso-. Le ofrezco mi mano, mi corazón y cuanto poseo.
  - Se burla usted, pero yo me río de su oferta.
  - La pido, que viva siempre a mi lado, que sea mi mujer.
  - Respecto a eso, ya tiene usted hecha su elección. 
  - Espere un poco, Jane. Está usted muy excitada. 
  Una ráfaga de viento recorrió el sendero bordeado de laureles, agitó las ramas del castaño y se extinguió a lo lejos. No se percibía otro ruido que el canto del ruiseñor. Al oírlo, volví a llorar. Rochester, sentado, me contemplaba en silencio, con serenidad, grave y amablemente. Cuando habló al fin, dijo:
  - Siéntese a mi lado, Jane, y expliquémonos. 
  - No volveré más a su lado.
  - Jane, ¿no oye que deseo hacerla mi mujer? Es con usted con quien quiero casarme.
   Callé, suponiendo que se burlaba. 
  - Venga, Jane.
  - No. Su novia nos separa.
  Se puso en pie y me alcanzó de un salto.
  - Mi novia está aquí -dijo, atrayéndome hacia sí-: es mi igual y me gusta. ¿Quiere casarse conmigo, Jane? 
  No le contesté; luchaba para librarme de él. No le creía.
  - ¿Duda de mí, Jane
  - En absoluto. 
  - ¿No tiene fe en mí? 
  - Ni una gota.
  - Entonces, ¿me considera usted un bellaco? -dijo con vehemencia-. Usted se convencerá, incrédula. ¿Acaso amo a Blanche Ingram? No, y usted lo sabe. ¿Acaso me ama ella a mí? No, y me he preocupado de comprobarlo. He hecho llegar hasta ella el rumor de que mi fortuna no era ni la tercera parte de lo que se suponía, y luego me he presentado a Blanche y a su madre. Las dos me han acogido con frialdad. No puedo, ni debo, casarme con Blanche Ingram. A usted, tan rara, tan insignificante, tan vulgar, es a quien quiero como a mi propia carne, y a quien ruego que me acepte por esposo.
  - ¿A mí? -exclamé, empezando a creerle, en vista de su apasionamiento y, sobre todo, de su ruda franqueza-. ¡A mí, que no tengo en el mundo otro amigo que usted, si es que usted se considera amigo mío, y que no poseo un chelín, no siendo los que usted me paga!
  - A usted, Jane. Quiero que sea mía, únicamente mía. ¿Acepta? ¡Diga inmediatamente que sí!
   - Señor Rochester, déjeme mirarle la cara. Vuélvase de modo que le ilumine la luna.
  - ¿Para qué?
  - Porque quiero leer en su rostro.
  - Bien; ya está. Creo que mi rostro no le va a parecer más legible que una hoja tachada, pero en fin, lea lo que quiera, con tal de que sea pronto.
  Su faz estaba muy agitada. Tenía las facciones contraídas y una extraña luz brillaba en sus ojos.
  - ¡Me tortura usted, Jane! -exclamó-. Por muy franca y bondadosa que sea su mirada, me escudriña de un modo...
  - ¿Cómo voy a torturarle? Si dice usted la verdad y su oferta es sincera, mis sentimientos no pueden ser otros que los de una gratitud infinita. ¿Cómo voy a torturarle con ella?
  - ¿Gratitud? Jane -ordenó, perentoriamente-, dígame así: «Edward, quiero casarme contigo.»
  - ¿Es posible que me quiera usted de verdad? ¿Qué se propone hacerme su mujer?
 - Sí; se lo juro, si lo desea.




PD: Me he hecho tumblr la dirección de la página es  http://thevillageinred.tumblr.com/ los que tengaís tambien decirmelo y os agrego :)

viernes, 26 de agosto de 2011

Declaración

-Está muy lejos, señor.
-¿Qué importa? A una muchacha como usted no creo que le asuste un viaje largo.
-No es el viaje, sino la distancia y el mar, que es una barrera que me separaría de...
-¿De qué?
-De Inglaterra, y de Thornfield, y de... 
-¿De...?
-De usted, señor...
Lo dije casi involuntariamente, mientras lágrimas silenciosas bañaban mi rostro. La mención del señor O'Gall, de Bitternutt Lodge, había dejado frío mi corazón, y más aún el pensamiento del mar, del mar inmenso, revuelto y espumoso, que había de interponerse entre mi persona y aquel hombre a cuyo lado paseaba y a quien amaba de un modo espontáneo, superior a mi voluntad.

-Es muy lejos -repetí.
-Desde luego. Y cuando usted esté en Bitternutt Lodge, no volveremos a vernos más. Me parece indudable. No creo ir nunca a Irlanda; no es un país que me atraiga en exceso... Hemos sido buenos amigos, ¿verdad,Jane?
-Sí.
-Bien. Pues cuando dos buenos amigos se separan, emplean el corto tiempo que les queda de estar juntos en hablar un poco de sí mismos. Ea, hablemos tranquilamente durante media hora, mientras las estrellas brillan en el cielo que nos cubre... Sentémonos en este banco del castaño, ya que nuestro destino es no volver a sentarnos juntos más.
Cuando nos hubimos acomodado, continuó:
-En efecto, Jane: el viaje a Irlanda es largo y la travesía incómoda y siento que mi amiguita haya de verse obligada a...Pero ¿cómo ayudarla si no? ¿Experimenta usted algún sentimiento respecto a mí, Jane?
No pude contestar. Mi corazón desbordaba. 
-Porque yo lo experimento por usted -continuó-, sobre todo cuando estamos juntos, como ahora. Es como si en el lado izquierdo de mi pecho tuviese una cuerda que vibrara al mismo ritmo que otra que usted tuviese en análogo lugar y se uniera de un modo invisible a la mía. Y si ese endiablado canal y doscientas millas de tierra van a separarnos, temo que ese lazo que nos une se rompa. Por lo qué a mí concierne, estoy seguro de que la rotura va a producirme una incontenible hemorragia. Y usted...
-Yo nunca, señor, usted sabe...No pude continuar.
-¿Oye cómo canta ese ruiseñor, Jane? Escuche. 
Escuché y de pronto rompí a llorar convulsivamente, estremeciéndome de pies a cabeza. Imposible soportar más lo que sufría. Cuando pude hablar, fue para expresar con vehemencia el deseo de no haber nacido nunca o no haber ido jamás a Thornfield.
-¿Cómo? ¿Le disgusta tanto irse de aquí?
-Me disgusta irme de Thornfield. Amo este lugar, y lo amo porque en él he vivido una vida agradable y plena, momentáneamente al menos, porque no he sido rebajada a vivir entre seres inferiores ni excluida de toda relación con cuanto es superior y dinámico. He podido hablar con alguien a quien admiro, en cuyo trato me complazco...Un cerebro poderoso, amplio, original...En una palabra, le he conocido a usted, Mr. Rochester, y me asusta pensar en irme de su lado. Reconozco que debo marchar, pero lo reconozco como podría reconocer la necesidad de morir.


-¿Y qué necesidad tiene de irse? -preguntó de pronto.
-Usted mismo me lo ha dicho, señor. 
-¿A propósito de qué?
-De Miss Ingram, su noble y bella prometida... 
-¿Qué prometida? Yo no tengo prometida. 
-Pero se propone tenerla...
-Sí, me lo propongo... -masculló.
-De modo que debo irme. Usted lo ha dicho. 
-No: usted se quedará. Se lo juro y cumpliré el juramento.
-¡Y yo le digo que me iré! -exclamé con vehemencia-. ¿Piensa que me es posible vivir a su lado sin ser nada para usted? ¿Cree que soy una autómata, una máquina sin sentimientos humanos? ¿Piensa que porque soy pobre y oscura carezco de alma y de corazón? ¡Se equivoca! ¡Tengo tanto corazón y tanta alma como usted! Y si Dios me hubiese dado belleza y riquezas, le sería a usted tan amargo separarse de mí como lo es a mí separarme de usted. Le hablo prescindiendo de convencionalismos, como si estuviésemos más allá de la tumba, ante Dios, y nos hallásemos en un plano de igualdad, ya que en espíritu lo somos.


-¡Lo somos! -repitió Rochester. Y tomándome en sus brazos me oprimió contra su pecho y unió sus labios a los míos-. ¡Sí, Jane!
-O tal vez no -repuse, tratando de soltarme-, porque usted va a casarse con una mujer con quien no simpatiza, a quien no puedo creer que ame. Yo rechazaría una unión así. Luego yo soy mejor que usted. ¡Déjeme marchar!
-¿Adónde, Jane? ¡A Irlanda!
-Sí, a Irlanda. Lo he pensado bien y ahora creo que debo irme.
-Quédese, Jane. No luche consigo misma como un ave que, en su desesperación, despedaza su propio plumaje.
-No soy un ave, sino un ser humano con voluntad personal, que ejercitaré alejándome de usted. Haciendo un esfuerzo, logré soltarme y permanecí en pie ante él.
También su voluntad va a decidir de su destino -repuso-. Le ofrezco mi mano, mi corazón y cuanto poseo.


-Se burla usted, pero yo me río de su oferta.
-Le pido, que viva siempre a mi lado, que sea mi mujer.
-Respecto a eso, ya tiene usted hecha su elección. 
-Espere un poco, Jane. Está usted muy excitada. 
Una ráfaga de viento recorrió el sendero bordeado de laureles, agitó las ramas del castaño y se extinguió a lo lejos. No se percibía otro ruido que el canto del ruiseñor. Al oírlo, volví a llorar. Rochester, sentado, me contemplaba en silencio, con serenidad, grave y amablemente. Cuando habló al fin, dijo:
-Siéntese a mi lado, Jane, y expliquémonos. 
-No volveré más a su lado.
-Jane, ¿no oye que deseo hacerla mi mujer? Es con usted con quien quiero casarme.
Callé, suponiendo que se burlaba. 
-Venga, Jane.
-No. Su novia nos separa.
Se puso en pie y me alcanzó de un salto.
-Mi novia está aquí -dijo, atrayéndome hacia sí-: es mi igual y me gusta. ¿Quiere casarse conmigo, Jane? 
No le contesté; luchaba para librarme de él. No le creía.

-¿Duda de mí, Jane? 
-En absoluto. 
-¿No tiene fe en mí? 
-Ni una gota.
-Entonces, ¿me considera usted un bellaco? -dijo con vehemencia-. Usted se convencerá, incrédula. ¿Acaso amo a Blanche Ingram? No, y usted lo sabe. ¿Acaso me ama ella a mí? No, y me he preocupado de comprobarlo. He hecho llegar hasta ella el rumor de que mi fortuna no era ni la tercera parte de lo que se suponía, y luego me he presentado a Blanche y a su madre. Las dos me han acogido con frialdad. No puedo, ni debo, casarme con Blanche Ingram. A usted, tan rara, tan insignificante, tan vulgar, es a quien quiero como a mi propia carne, y a quien ruego que me acepte por esposo
-¿A mí? -exclamé, empezando a creerle, en vista de su apasionamiento y, sobre todo, de su ruda franqueza-. ¡A mí, que no tengo en el mundo otro amigo que usted, si es que usted se considera amigo mío, y que no poseo un chelín, no siendo los que usted me paga!
-A usted, Jane. Quiero que sea mía, únicamente mía. ¿Acepta? ¡Diga
inmediatamente que sí!
-Mr. Rochester, déjeme mirarle la cara. Vuélvase de modo que le ilumine la luna.
-¿Para qué?
-Porque quiero leer en su rostro.
-Bien; ya está. Creo que mi rostro no le va a parecer más legible que una hoja tachada, pero en fin, lea lo que quiera, con tal de que sea pronto.
Su faz estaba muy agitada. Tenía las facciones contraídas y una extraña luz brillaba en sus ojos.
-¡Me tortura usted, Jane! -exclamó-. Por muy franca y bondadosa que sea su mirada, me escudriña de un modo...
-¿Cómo voy a torturarle? Si dice usted la verdad y su oferta es sincera, mis sentimientos no pueden ser otros que los de una gratitud infinita. ¿Cómo voy a torturarle con ella?
-¿Gratitud? Jane -ordenó, perentoriamente-, dígame así: «Edward, quiero casarme contigo.»
-¿Es posible que me quiera usted de verdad? ¿Qué se propone hacerme su mujer?
-Sí; se lo juro, si lo desea.
-Entonces, señor, sí quiero casarme con usted. 
-Señor, no. Di Edward, mujercita mía.
-¡Oh, querido Edward!

-Ven, ven conmigo -y rozando mis mejillas con las suyas y hablándome al oído, murmuró-: Hazme feliz y yo te haré feliz a ti.
De haberle amado menos, hubiese pensado que su aspecto y su mirada mostraban una alegría casi salvaje, pero libre de la pesadilla de la marcha, abriéndose ante mí el paraíso de la dicha que se me ofrecía, sólo pensaba en beber hasta la última gota de aquel néctar. Una y otra vez, Rochester me preguntaba: «¿Te sientes feliz, Jane?» Y una y otra vez le respondía: «Sí.» Le oí murmurar para sí:
-Sé que Dios no deja de aprobar lo que hago. La opinión del mundo me es indiferente, y desafío la crítica de los hombres.
La luna ya no brillaba, estábamos en sombras y yo no podía ver apenas el rostro de Rochester, a pesar de lo cerca que me hallaba de él. El viento soplaba entre los laureles y movía, con sordo rumor, las ramas del castaño.
-Tenemos que entrar -dijo Rochester-: el tiempo cambia. Quisiera estar contigo
hasta mañana, Jane.
«Y yo contigo», pensé. Y quizá lo hubiese dicho si en aquel momento un relámpago no me hubiera dejado deslumbrada, obligándome a ocultar mis ofuscados ojos contra el hombro de Rochester. Comenzó a llover con furia. Él me arrastró velozmente por el sendero hacia la casa, pero antes de que cruzásemos el umbral estábamos empapados. Mientras Rochester me quitaba el chal y alisaba mi cabello despeinado por el agua, Mrs. Fairfax salió de su cuarto. Ni él ni yo reparamos en ella. La lámpara estaba encendida. El reloj daba en aquellos momentos las doce.
-Quítate en seguida la ropa, ¡Estás calada! Buenas noches, queridita -dijo Rochester.

Me besó repetidas veces. Al separarme de él distinguí a la viuda, mirándonos, grave, pálida y asombrada. La sonreí y corrí escaleras arriba. «Dejemos la explicación para otra vez», pensé. No obstante, ya en mi cuarto me turbó algo la idea de suponer lo que ella podría pensar de lo que había visto, pero mi alegría borró pronto los demás sentimientos y pese a la violencia con que soplaba el viento, a la frecuencia y fragor con que sonaba el trueno, a los lívidos relámpagos y a la lluvia que cayó a torrentes durante dos horas, no sentía ni el más pequeño temor. Mientras persistió la tormenta, Rochester llamó tres veces a mi puerta para preguntarme si necesitaba algo.

martes, 9 de agosto de 2011

Encuentro en el pasillo...

Entonces abandoné mi refugio y salí a través de la puerta lateral, que por fortuna quedaba cerca. Un corredor estrecho me llevó al vestíbulo. Al cruzarlo, noté que llevaba la sandalia suelta y me arrodillé para abrocharla. Desde allí pude oír la puerta del comedor y los pasos de un caballero que se acercaban. Me incorporé con rapidez y topé cara a cara con él: era el señor Rochester.


- ¿Cómo está? - preguntó.
- Muy bien, señor.
- ¿Por qué no se acercó a hablar conmigo en el salón?
Pensé que bien podía devolverle exactamente la misma pregunta, pero no me atreví.
- El señor parecía ocupado y no quise molestarle - respondí en su lugar.
- ¿Y qué ha estado haciendo durante mi ausencia?
- Nada especial: dando clases a Adèle, como de costumbre.
- ¿Pilló algún resfriado la noche que casi me ahoga?
- No, señor.
- Regrese al salón; es demasiado temprano para retirarse.
- Estoy cansada, señor.
Me miró durante un minuto.
- Y un poco deprimida - dijo -. ¿Por qué motivo? Cuénteme.


- Nada, no es nada, señor. No me siento deprimida.
- Pues yo afirmo lo contrario: tan deprimida que unas cuantas palabras más le llenarían los ojos de lágrimas. En realidad, ya asoman: brillan purgando por salir. Una gota se le ha escapado y ha caído sobre la alfombra. Si dispusiera de tiempo, y no me asaltara el temor de que algún criado cotilla nos sorprendiera al pasar, me ocuparía de averiguar a qué viene todo esto. Bien, la disculpo por esta noche, pero comprenda que mientras dure la estancia de mis invitados espero verla aparecer en el salón cada tarde. Es mi expreso deseo, no lo olvide. Ahora, váyase y diga a Sophie que venga en busca de Adèle. Buenas noches, mi...
Se interrumpió, mordiéndose el labio, y se fue sin decir nada más.


miércoles, 15 de junio de 2011

Jane Eyre

"Porque algunas veces me inspiras un sentimiento inexplicable. Es como si en mi lado izquierdo dentro del pecho, existiese una cuerda unida con fuerza a otra, situada en el mismo sitio, o sea, dentro de tu cuerpo.
Y si resulta que se interponen entre nosotros mares y millas de tierra, tengo miedo de que la cuerda se rompa en dos y me quede la desagradable impresión de que sangraría interiormente si esto llegara a suceder..."