Pero no sólo le amaba a él; y mientras me preocupase la tranquilidad de los demás, me alegraba poder evitar que conocieran mis sufrimientos. Ahora puedo pensar en ello, puedo hablar de ello, sin emoción apenas. No habría permitido que sufrierais por mi causa; porque ahora te aseguro que yo, sinceramente, he dejado de sufrir. Tengo muchas cosas a las que agarrarme. No tengo conciencia de haber cometido ninguna imprudencia que haya perjudicado a nadie, y en lo que he podido, he llevado mi carga sin que saliera de mí. Absuelvo a Edward de todo acto malo en esencia. Le deseo mucha felicidad; y estoy tan convencida de que se ha comportado siempre con arreglo a su conciencia que, aunque ahora quizás abrigue algún remordimiento, sé que al final será feliz. Lucy no carece de juicio, y el juicio es el fundamento de todas las cosas buenas. Y, al fin y al cabo, Marianne, después de todo cuanto de sugestivo hay en la idea de un único y constante amor y de todo cuanto pueda decirse de que la felicidad de uno depende por completo de una sola y concreta persona, no es éste el verdadero fin... no es proporcionado... ni posible. Edward se casará con Lucy; se casará con una mujer superior en físico y entendimiento a la media de su sexo; y el tiempo y la costumbre le enseñarán a olvidar que quizás una vez pensó que había otra que la superaba.
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lunes, 5 de marzo de 2012
Cuando llega el momento de retirarse....
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miércoles, 3 de agosto de 2011
S & S
Las pesquisas discretas y delicadas del coronel Brandon nunca dejaron de ser bien recibidas por la señorita Dashwood. Se había ganado con creces el privilegio de discutir en la intimidad el desengaño de su hermana, gracias al amistoso empeño que había puesto en mitigarlo, y ambos charlaban siempre con toda confianza. El doloroso esfuerzo de confesar sus pasadas penas y presentes afrentas tenía su mejor recompensa en las miradas compasivas que de vez en cuando le dedicaba Marianne, y en la amabilidad de su acento cuando alguna vez (aunque eso no ocurría muy a menudo) se obligaba, o podía obligarse, a hablar con él. Estos gestos le decían que el esfuerzo hecho le había favorecido, y por la misma razón Elinor abrigó esperanzas de que esta inclinación creciera en el futuro; pero la señora Jennings, que no sabía nada de esto, que sólo sabía que el coronel continuaba tan serio como siempre, y que ella no podía convencerle de hacer él mismo la proposición, ni recomendarle a Marianne que la hiciese en su lugar, empezó a pensar, al cabo de dos días, que, en vez de a mediados de verano, no los vería casados hasta el día de San Miguel, y, al cabo de una semana, que después de todo no habría boda ni nada. El buen entendimiento entre el coronel y la señorita Dashwood parecía más bien indicar que el privilegio de la morera, el canalillo y el cenador de tejo acabaría correspondiéndole a ella; y, durante una temporada, el señor Ferrars estuvo ausente de sus pensamientos.
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