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lunes, 24 de octubre de 2011

Marlborough Mills

I wish I could tell you how lonely I am. How cold and harsh it is here. Everywhere there is conflict and unkindness. I think God has forsaken this place. I believe I have seen hell. And it’s white, it’s snow-white.


Desearía poder contarte lo sola que estoy. Cómo de frío y cruel es este sitio. En cada lugar hay un conflicto y tan poca amabilidad. Creo que Dios ha abandonado este lugar. Creo que he visto el infierno. Y es blanco. Blanco como la nieve.


No se por qué pero se me ponen los pelillos de punta siempre con esta escena.... 

lunes, 12 de septiembre de 2011

Final "N & S"

Nadie supo nunca por qué no acudió a su cita al día siguiente el señor Lennox. El señor Thornton llegó a la hora convenida; y, tras hacerle esperar durante casi una hora, Margaret se presentó al fin muy pálida e inquieta. Empezó apresuradamente:
- Lamento mucho que no haya venido el señor Lennox, él lo habría hecho mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo. Es mi asesor en esto...
- Lamento haber venido si le molesta. ¿Quiere que vaya al bufete del señor Lennox e intente encontrarlo?
- No, gracias. Quiero que sepa lo mucho que me apenó saber que voy a perderlo como arrendatario. Pero el señor Lennox dice que seguro que las cosas mejorarán...
- El señor Lennox sabe poco de eso -dijo el señor Thornton con calma-. Es feliz y afortunado en todo lo que aprecia un hombre y no comprende lo que es ver que ya no eres joven, pero que has de volver al punto de partida que requiere la alentadora energía de la juventud, y sientes que se te ha pasado la mitad de la vida y que no has hecho nada, que no queda nada de la oportunidad desaprovechada más que el amargo recuerdo de lo que ha sido. Señorita Hale, preferiría no saber la opinión del señor Lennox sobre mis asuntos. Los que son felices y prósperos suelen quitar importancia a los infortunios de los demás.
- Es usted injusto -dijo Margaret amablemente-. El señor Lennox sólo ha comentado que cree que existe una excelente probabilidad de que recupere usted, más que recuperar, lo que ha perdido. No hable hasta que haya acabado, se lo ruego.
Margaret recobró una vez más el dominio de sí misma mientras hojeaba algunos documentos legales y extractos de cuentas apresurada y temblorosamente.
- ¡Vaya! Aquí está, y.. él me redactó una propuesta, ojalá estuviera aquí para explicarla, que demuestra que si aceptara usted una cantidad de dinero mío, mil ochocientas cincuenta y siete libras, que en este momento están inmovilizadas en el banco y que sólo me aportan el dos y medio por ciento, podría pagarme usted un interés mucho más alto y Marlborough Mills podría seguir funcionando. -Se le había aclarado la voz, que era más firme ahora. El señor Thornton guardó silencio, y ella siguió, buscando algún documento en el que estaban escritas las propuestas de garantía, procurando ante todo dar al asunto un cariz de mero acuerdo comercial en el que ella tendría la principal ventaja. 


El corazón de Margaret dejó de latir al oír el tono en que el señor Thornton dijo algo mientras ella buscaba dicho documento. Su voz era ronca y temblorosa de tierna pasión cuando dijo:
- ¡Margaret!
Ella alzó la vista un instante; y luego intentó ocultar sus ojos luminosos, apoyando la cabeza en las manos. Él imploró de nuevo, acercándose, con otra apelación trémula y anhelante a su nombre:
- ¡Margaret!
Ella bajó todavía más la cabeza, ocultando así aún más la cara hasta apoyarla casi en la mesa que tenía delante. Él se acercó más. Se arrodilló a su lado para quedar a su altura y le susurró jadeante estas palabras al oído:
- Cuidado. Si no dice nada, la reclamaré como propia de algún modo presuntuoso y extraño. Si quiere que me marche dígamelo ahora mismo. ¡Margaret!
A la tercera llamada, ella volvió hacia él la cara, cubierta aún con las manos pequeñas y blancas, y la posó en su hombro sin retirar las manos. Y era demasiado delicioso sentir la suave mejilla de ella en la suya para que él deseara ver intensos arreboles o miradas amorosas. La estrechó. Pero ambos guardaron silencio. Al fin, ella susurró con voz quebrada:
- ¡Oh, señor Thornton, no soy lo bastante buena!
- ¡No es bastante buena! No se burle de mi profundo sentimiento de indignidad.
Al cabo de unos minutos, él le retiró con cuidado las manos de la cara y le colocó los brazos donde habían estado una vez para protegerle de los alborotadores.
- ¿Te acuerdas, cariño? -susurro-. ¿Y la insolencia con que te correspondí al día siguiente?
- Recuerdo lo injustamente que te hablé, sólo eso.
- ¡Mira! Alza la cabeza. ¡Quiero enseñarte algo!
Ella volvió la cara hacia él despacio, radiante de bella vergüenza.
- ¿Conoces estas rosas? -preguntó él, sacando unas flores secas de la cartera en la que estaban guardadas como un tesoro.
- ¡No! -contestó ella con sincera curiosidad-. ¿Te las regalé yo?
- No, vanidosa, no lo hiciste. Podrías haber llevado rosas iguales, seguramente.
Ella las observó pensativa un momento, luego esbozó una leve sonrisa y dijo:
- Son de Helstone, ¿a que sí? Lo sé por los bordes aserrados de las hojas. ¡Oh! ¿Has estado allí? ¿Cuándo?
- Quería ver el lugar donde Margaret había llegado a ser lo que es, incluso en el peor momento, cuando no tenía ninguna esperanza de que me aceptara alguna vez. Fui al regresar de Havre.
- Tienes que dármelas -dijo ella, e intentó quitárselas de la mano con ligera violencia.
- Muy bien. ¡Pero tienes que pagarme por ellas!
- ¿Cómo voy a decírselo a tía Shaw? -susurró ella, después de un rato de delicioso silencio.
- Déjame que hable yo con ella.
- ¡Oh, no! Debo decírselo yo. Pero ¿qué crees que dirá?
- Lo supongo. Su primera exclamación será: «¡Ese hombre!».
- ¡Calla! -dijo Margaret-, o intentaré mostrarte los indignados tonos de tu madre cuando diga: «¡Esa mujer!».

miércoles, 31 de agosto de 2011

Despedida

"La primera parte (antes de la foto) es la del libro, la segunda la de la serie de la BBC que me parece desgarradora con esa simple palabra, en la puerta, viendo alejarse el carruaje"

Entró en la sala el señor Thornton; acababa de llegar de Oxford. Su traje de luto indicaba la razón que le había llevado allí.
-John -dijo su madre-, te presento a la señora Shaw, tía de la señorita Hale. Lamento tener que decir que la señorita Hale ha venido a despedirse de nosotros.
-¿Se marcha usted entonces? -preguntó él en voz baja.
-Sí -contestó Margaret-. Nos marchamos mañana.
-Mi yerno viene esta tarde para acompañarnos -dijo la señora Shaw.
El señor Thornton se dio la vuelta. No se había sentado, y ahora parecía que estaba examinando algo que había en la mesa casi con tanto interés como si hubiera descubierto una carta sin abrir y hubiera olvidado que no estaba solo. Ni siquiera pareció advertir que se levantaban para marcharse. Pero se adelantó para ayudar a la señora Shaw a bajar hasta el coche. Mientras éste se acercaba, él y Margaret esperaron muy juntos en el umbral de la puerta. Era inevitable que se abriera paso en la mente de ambos el recuerdo del día de los disturbios. En la de él, irrumpió asociado a la conversación del día siguiente; la vehemente declaración de ella de que no había un solo hombre en toda aquella muchedumbre violenta y desesperada por quien no se preocupara tanto como por él. Torció el gesto al recordar las sarcásticas palabras de ella, aunque su corazón latía cargado de amor ardiente. «¡No! -se dijo-. Ya lo puse a prueba una vez y lo perdí todo. Deja que se vaya, con su corazón de piedra y su belleza; ¡qué rígida y terrible es su expresión ahora a pesar de su belleza! Tiene miedo de que yo diga lo que requeriría severa represión. Que se vaya. Por muy bella y heredera que sea, le resultará difícil encontrar amor más sincero que el mío. ¡Que se vaya!»
Y no hubo rastro alguno de pesar, ni emoción de ningún género en la voz con que le dijo adiós; y la mano ofrecida se aceptó con decidida calma y se soltó con la misma despreocupación que si de una flor muerta y marchita se tratara. Pero nadie en su casa volvió a ver al señor Thornton aquel día. Estaba muy ocupado; o al menos eso dijo.


Thornton: - Así que se va.
Margaret: - Le he traído el Platón de mi padre. Pensé que le gustaría tenerlo.
T: - Lo trataré como a un tesoro. Como la memoria de su padre. Era un buen amigo mío. ... Así que se va. ¿Y no volverá nunca?
M: - Le deseo lo mejor Sr Thornton.
[...]
T: - Mira hacia atrás. Mírame.

viernes, 19 de agosto de 2011

Errores aclarados

El señor Thornton dio dos pasos apresurados hacia ella; se contuvo y se acercó con tranquila resolución a la puerta (que ella había dejado abierta) y la cerró. Volvió luego y se detuvo frente a ella un momento, captando la impresión general de su hermosa presencia, antes de atreverse a perturbarla, tal vez ahuyentarla, con lo que tenía que decir.


-Señorita Hale, ayer fui muy ingrato.
-No tenía nada que agradecer -dijo ella, alzando la vista y mirándole directamente a la cara-. Supongo que se refiere a que cree que tiene que agradecerme lo que hice. -A pesar de sí misma, a despecho de la cólera que sentía, un intenso rubor le cubrió toda la cara, inflamándole incluso los ojos, aunque no alteró su mirada fija y grave-. Fue sólo un instinto natural; cualquier mujer hubiera hecho lo mismo. Todas consideramos la santidad de nuestro sexo un gran privilegio cuando vemos peligro. Más bien debería pedirle disculpas yo -añadió apresuradamente- por haberle dicho palabras irreflexivas que le hicieron ponerse en peligro.
-No fueron sus palabras; fue la verdad que expresaban, aunque formulada con acritud. Pero no me disuadirá con eso para rehuir la expresión de mi más profundo agradecimiento, de mi... -Estaba al borde ahora; no hablaría dejándose llevar por su pasión ardiente; sopesaría cada palabra. Lo haría; y su voluntad venció. Se interrumpió a media carrera.


-No intento rehuir nada -dijo ella-. Sólo digo que no me debe gratitud; y añadiría que cualquier manifestación de la misma me molestaría porque creo que no la merezco. De todos modos, si hacerlo le exime de una obligación, aunque sea imaginaría, hable.
-No deseo eximirme de ninguna obligación -dijo él aguijoneado por la actitud tranquila de ella-. Imaginaria o no (no me lo pregunto), prefiero creer que le debo la vida; sí, sonría y piense que es una exageración si quiere. Lo creo porque añade un valor a esa vida considerar..., ¡ay, señorita Hale! -prosiguió, bajando la voz con una ternura apasionada tan intensa que la hizo estremecerse y temblar delante de él-, pensar que fue así, que siempre que me sienta exultante a partir de ahora, me diré: «¡Toda esta alegría de vivir, el orgullo sincero de cumplir con mi misión en el mundo, todo este profundo sentimiento se lo debo a ella!». Y duplica la alegría, enaltece el amor propio, agudiza el sentido de la existencia hasta que ya no sé si es dolor o placer, el pensar que se lo debo a alguien (no, tiene que saberlo y lo sabrá) -añadió, dando un paso adelante con firme resolución-, a alguien a quien amo como no creo que hombre alguno haya amado nunca a una mujer. Le tomó una mano y la estrechó. Y esperó jadeante su respuesta. Le soltó la mano indignado al oír su tono glacial; pues glacial era, aunque sus palabras brotaron balbuceantes, como si no supiera dónde encontrarlas.


-Su forma de hablar me escandaliza. Es blasfema. No puedo evitarlo, si ése es mi primer sentimiento. Quizá no fuera así, supongo, si comprendiera la clase de sentimiento que usted describe. No deseo molestarle; y además, tenemos que hablar bajo porque mamá está dormida. Pero su actitud me ofende...
-¡Cómo! -exclamó él-. ¡La ofende! ¡Soy realmente muy desgraciado!
-¡Sí! -dijo ella, con recobrada dignidad-. Me siento ofendida. Y creo que con razón. Me parece que cree que mi comportamiento de ayer -de nuevo el intenso rubor, pero esta vez con los ojos inflamados de indignación en lugar de vergüenza fue un acto personal entre usted y yo; y que puede venir a agradecérmelo sin darse cuenta como haría un caballero, ¡sí!, un caballero-repitió, aludiendo a la conversación que habían mantenido sobre esa palabra-, de que cualquier mujer digna de tal nombre habría reaccionado protegiendo con su venerada impotencia a un hombre en peligro de la violencia de muchos. 
-¡Y al caballero así rescatado le está vedado el alivio de agradecerlo! -dijo él despectivamente, interrumpiéndola-. Soy un hombre. Reclamo el derecho a expresar mis sentimientos. 


-Y yo he cedido al derecho; simplemente diciendo que me hacía sufrir insistiendo en él -respondió ella con arrogancia-. Pero parece haber imaginado que no me guió sólo el instinto femenino, sino -y aquí las lágrimas ardientes (tanto tiempo contenidas, contra las que había luchado con vehemencia) afloraron a sus ojos y le quebraron la voz-, sino que me impulsaba algún sentimiento particular por usted, ¡usted! Pues no había un solo hombre, ni un pobre hombre desesperado en toda aquella multitud, por quien no sintiera más compasión, por quien no hubiera hecho de mejor gana lo poco que pudiera.
-Puede seguir hablando, señorita Hale. Estoy al corriente de todas esas impropias simpatías suyas. Ahora creo que sólo fue su sentido de opresión innato (sí, aunque patrono, puedo estar oprimido), lo que la impulsó a obrar tan noblemente como lo hizo. Sé que me desprecia; permítame decir que es porque no me comprende.


-No quiero comprender -repuso ella, apoyándose en la mesa para recuperar el equilibrio; pues le parecía cruel, y lo era realmente, y se sentía fatigada de indignación.
-No, ya lo veo. Es usted desleal e injusta.
Margaret apretó los labios. No contestaría a semejantes acusaciones. Mas, a pesar de todo, a pesar de sus palabras despiadadas, él se habría arrojado a sus pies y besado el borde de su vestido. Ella guardó silencio; no se movió. Derramó ardientes lágrimas de orgullo herido. Él esperó un rato, deseando que ella dijera algo a lo que pudiera replicar, aunque fuera un sarcasmo. Pero siguió callada. Él recogió el sombrero.
-Algo más. Me parece que piensa usted que mi amor la deshonra. No puede evitarlo. Yo, aunque quisiera, no puedo librarla de él. Y no lo haría aunque pudiera. No he amado nunca a ninguna mujer: he estado siempre demasiado ocupado, demasiado preocupado por otros asuntos. Ahora amo, y seguiré amando. Pero no tema demasiadas demostraciones por mi parte.
-No tengo miedo -repuso ella, irguiéndose-. Nadie se ha atrevido nunca a ser impertinente conmigo, y nadie lo hará nunca. Pero ha sido usted muy amable con mi padre, señor Thornton -añadió, cambiando de tono y adoptando una suavidad muy femenina-. No sigamos ofendiéndonos el uno al otro. Se lo ruego.
Él no prestó la menor atención a sus palabras. Se concentró en alisar el pelo del sombrero con la manga del abrigo durante medio minuto o así. Y luego, rechazando la mano que le ofrecía ella y haciendo como que no veía su seria expresión de pesar, se volvió bruscamente y salió de la habitación. Margaret captó su expresión antes de que se fuera. Le pareció haber visto el brillo de lágrimas contenidas en sus ojos al marcharse; y eso convirtió su orgullosa aversión en algo diferente y más amable, aunque casi igualmente penoso: el remordimiento por haber causado tanta mortificación a alguien.


«Pero ¿cómo podía haberlo evitado? -se pregunto-. Nunca me ha gustado. Siempre he sido educada; pero no me he molestado en disimular mi indiferencia. En realidad, nunca he pensado en él y en mí misma, por lo que mi actitud tenía que haber demostrado la verdad. Si ha interpretado mal todo lo de ayer es culpa suya y no mía. Yo volvería a hacerlo si fuese necesario, aunque me cause todas estas complicaciones y esta vergüenza.»

viernes, 12 de agosto de 2011

North & South

Margaret se agarró al marco de la puerta para aguantarse. Pero se le nublaron los ojos. Él pudo sujetarla por muy poco.


- ¡Madre! ¡Madre! -gritó-. ¡Baja, ya se han marchado, y la señorita Hale está herida!
La llevó al comedor y la echó en el sofá: lo hizo con mucho cuidado, y, al contemplar su rostro blanquísimo, lo dominó con tanta intensidad la idea de lo que suponía para él que lo expresó en su dolor:
- ¡Ay, Margaret, mi Margaret! Nadie sabe lo que significa para mí. Inerte, fría, tal como yace ahí, es la única mujer a quien he amado. ¡Oh Margaret, Margaret!


Incapaz de expresarse con fluidez, arrodillado junto a ella y gimiendo más que formulando las palabras, se levantó de pronto, avergonzado de sí mismo, cuando llegó su madre. Ella no advirtió nada, sólo que su hijo estaba un poco más pálido, un poco más adusto de lo habitual.